Si ponemos a diez porteños en una habitación y les preguntamos qué entienden por “el problema de la basura en Buenos Aires”, siete lo relacionarían con la suciedad de la vereda, dos con los que revuelven las bolsas para encontrar algo potable para comer, y uno lo ligaría con el impacto que los desechos diarios de todos tienen en el medioambiente. No está mal ese panorama; “no somos Suiza”, pero si bien lo que desechamos en nuestro país todos los días es casi lo mismo que se desecha en Europa central, tenemos otros problemas en agenda que tratar con urgencia y contamos con recursos económicos diferentes para hacerlo.
A mediados de septiembre salió en todos los diarios la noticia que “el negocio de la basura seguiría en las mismas manos”. ¿Cómo “negocio”? ¿No somos todos amantes del planeta que vamos a trabajar en bicicleta y solo cocinamos con vegetales orgánicos? Al parecer, no. De la basura se encarga el Gobierno de la Ciudad, pero está en este coordinar dos pilares: la buena voluntad de los vecinos que separan lo que desechan y el accionar de las empresas que se ocupan de la recolección, separación, tratamiento y entierro de los residuos. Esa noticia significa, a grandes rasgos, que el pilar empresarial del manejo de la basura sigue en pie como columna de mármol, mientras que el pilar social, que concentra a todos los que vivimos en CABA, apenas se está enderezando como un velero después de la tormenta.
En Buenos Aires, y en la mayoría de las áreas urbanas del mundo, se está intentando cambiar el paradigma del enterramiento masivo, a través del cual la basura se deja estacionada en un lugar, ocupando espacio hasta el fin de los tiempos y, en el interín, contaminando. En 2005, la Legislatura porteña aprobó la ley 1.845, más conocida como Ley de Basura Cero, que se reglamentó dos años después y dispuso la reducción progresiva de residuos sólidos urbanos. Los objetivos de esta eran enterrar un 30 por ciento menos para 2012 y un 75 por ciento menos para 2017. Para muchos, la ciudad no estaba preparada para llegar a esos niveles ambiciosos. El tiempo les dio la razón cuando durante 2010 se enviaron a rellenos sanitarios un número histórico de dos millones de toneladas de residuos.
“Para el macrismo, todo se resume a que haya menos basura que se entierre, no a que se produzca menos cantidad, que no es lo mismo” (Rafael Gentili, diputado porteño)
A fines de 2012, Daniel Scioli, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, a la que van a parar los residuos de la Capital, increpó al jefe de gobierno porteño Mauricio Macri por no estar cumpliendo con sus objetivos. El ingeniero le contestó argumentando que gran parte de la basura de la ciudad la generan los que ingresan a ella a trabajar por el día y llamó a no separar, refiriéndose a la región metropolitana como un conjunto conformado por Capital Federal, treinta distritos del Gran Buenos Aires y Gran La Plata (que en total genera 17 mil toneladas por día). Este año, la situación mejoró, teniendo en cuenta que en CABA se bajó de 6 mil toneladas diarias dispuestas en rellenos sanitarios a 3.800. Un número que la Ciudad no manejaba hace más de una década, cuando éramos muchos menos viviendo y trabajando. Punto para la Ley Basura Cero. Pero como dijeron muchos antes, el dinero hace que el mundo gire y el negocio está bien metido en el asunto. En 2013 se habrán destinado 3.700.000 pesos a la recolección de basura, casi la mitad del presupuesto asignado a salud y el triple de lo que se gastó para lo mismo en 2011, siendo uno de los contratos que más creció en la gestión macrista. Además de lo que se les pagó a las empresas de recolección, el Estado financió en comodato los contenedores y los autos compactadores de carga lateral.
Este año, el gobierno llamó a licitación pero ninguna empresa nueva cumplió con los requisitos exigidos en la Ley de Basura Cero (uno de ellos, no incinerar los residuos). Por lo tanto, la recolección de la basura la seguirán realizando, hasta 2024, Cliba (Grupo Roggio), Urbasur (Transportes Olivos), AESA, Integra (Grupo Impsa), Nittida (Grupo Emepa) y Ashira. Este contrato incluye definitivamente al contenedor y la separación obligatoria de residuos por parte de los vecinos desde el año que viene.
En 2013 se habrán destinado 3.700.000 pesos a la recolección de basura, casi la mitad del presupuesto asignado a salud y el triple de lo que se gastó para lo mismo en 2011, siendo uno de los contratos que más creció en la gestión macrista.
“Para el macrismo, todo se resume a que haya menos basura que se entierre, no a que se produzca menos cantidad, que no es lo mismo”, explica Rafael Gentili, diputado porteño y primer candidato en la lista corta de legisladores para las elecciones de octubre por Izquierda Democrática (SUMAR I+D). “Ese es el engaño, hay una corriente de intereses económicos que no van a alentar ninguna política que busque reducir la producción de basura, que ya es un recurso porque la utilizan para producir energía. Es más, tampoco alentará la separación porque los productos reciclables son los que más energía producen”, agrega. Cliba (del Grupo Roggio) cobra por levantar la basura, por limpiar la calle, por llevar los desechos a las playas donde se compacta todo y por colocarlos en los rellenos sanitarios. En la Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado (Ceamse) –que, como sus siglas indican, es una firma pública–, otra empresa del Grupo Roggio se encarga de hacer el tratamiento de la basura. Los desechos pasan por una cinta y son separados a mano por operarios, para que luego esta se compacte en fardos de plástico por un lado; papel y cartón, por otro; y vidrio. Esto último tiene dos caras: de parte del gobierno se argumenta que genera puestos de trabajo, pero los críticos aseguran que se genera un gasto que podría evitarse si la separación se hace en origen, es decir, en las cocinas de todos los hogares porteños. De todas formas, por ahora solo hay una planta de este tipo inaugurada en enero en el predio que el Ceamse tiene en José León Suárez, partido de San Martín, que costó 170 millones de pesos. Allí se reciben a diario mil toneladas, de las cuales se pueden recuperar 590 de residuos secos que se comercializan, mientras el resto, orgánico, se utiliza como cobertura de relleno sanitario.
En resumen: la basura se puede transformar en un recurso que genere ganancias, ya sea vendiendo lo reutilizable o produciendo energía con ella. De hecho, hay ciudades como Oslo, en Noruega, que se abastecen en un 50 por ciento de energía producida quemando basura. La capital de 1.400.000 personas hasta compra los desechos de otras partes de Europa porque no les alcanza con los que producen sus habitantes. Acá, el problema es que cuando se realiza el tratamiento de la basura en una planta donde se produce biogás, la empresa que vende esa energía también es del Grupo Roggio, entonces el Estado está regalando ese bien público. Punto para el sector privado.
El futuro se divide en dos caminos que van en paralelo: el de producir menos basura y el de revalorizar la que producimos, separándola, vendiéndola y generando energía con ella. Puntualmente, ¿cómo se baja la cantidad de basura que generamos? Una alternativa, que seguro no combina con el panorama anterior, es consumir menos. Así lo explicó Dan Hoornweg, especialista en urbanismo y cambio climático del Banco Mundial: “La manera más rápida de reducir los volúmenes de desechos es tener una recesión”. Mejor vamos por la alternativa lenta, que empieza por la concientización de la población. Por poner un ejemplo de un modelo que funcionó: San Francisco en los Estados Unidos logró que el 75 por ciento de su basura se recicle o transforme en compost (abono orgánico) en ocho años. De 2002 a 2009 solo se basó en programas voluntarios de separación y, para el último esfuerzo, en 2010, reglamentó que todas las propiedades debían separar sus residuos. Javier Ureta Saenz Peña, director general de Reciclado del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, explica que, desde la implementación de la ley, se incorporó en las conversaciones de los vecinos la idea de hacer cumplir las 3 R (reducir, reutilizar y reciclar). Formalmente, desde el Ministerio de Educación se desarrolló el Programa Escuelas Verdes, tanto para colegios públicos como privados, en los que se busca que se arraigue el mensaje en las generaciones más chicas para que así llegue a las casas.
Este año, el gobierno llamó a licitación pero ninguna empresa nueva cumplió con los requisitos exigidos en la Ley de Basura Cero (uno de ellos, no incinerar los residuos). Por lo tanto, la recolección de la basura la seguirán realizando, hasta 2024, Cliba (Grupo Roggio), Urbasur (Transportes Olivos), AESA, Integra (Grupo Impsa), Nittida (Grupo Emepa) y Ashira.
Sin embargo, los cambios no son inmediatos por la complejidad del asunto, que implican un gran cambio cultural. Agrega Ureta Saenz Peña: “Las políticas públicas que se fueron tomando tuvieron que tener un enfoque situacional, correlativo a la realidad latinoamericana, donde es muy fuerte el vínculo entre la basura como recurso de miles de personas en situación de vulnerabilidad”.
Esas miles de personas son los recuperadores urbanos, los viejos y conocidos cartoneros. El reconocimiento de sus doce cooperativas es apuntado por Gentili como otro gran avance de los últimos años, logrando convertir al cartoneo en un trabajo más digno y respetado. Les dieron indumentaria, obra social y un subsidio. El resto de su sueldo lo completan cuando llegan a los Centros Verdes y venden lo que recolectaron. Estos son, además, la mejor alternativa que tienen los edificios bajos y las casas particulares para sus desechos reciclables, si no están cerca de una de las columnas o campanas verdes destinadas a juntar lo que no va en los contenedores metálicos, presentes en casi 16 mil cuadras. Los grandes generadores de producción de basura, como shoppings, oficinas públicas, hipermercados, restaurantes grandes y edificios de más de 19 pisos, son un caso aparte porque tienen la obligación por ley de separarla.
Ureta Saenz Peña explica que la política inclusiva de formalización del cartonero es innovadora y un ejemplo a seguir para el resto de la Argentina y países limítrofes, que vienen a entender cómo funciona, y concluye: “El Gobierno apuesta a la formalización de los cartoneros como factor clave para aumentar la cantidad de toneladas que aún pueden ser aprovechadas. Este trabajo lleva tiempo y mucha inversión. Es fundamental que los vecinos porteños entiendan que el reciclado debe comenzar en las casas; de ese modo es como mejor nos podemos involucrar para ir hacia una ciudad más sustentable”.
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