Un nuevo plato con origen en China presenta la disyuntiva de catalogarlo como un manjar o un verdadero asco. Hablamos del huevo centenario, considerado una delicia asiática que se elabora mediante la preservación de un huevo de pato, pollo o codorniz en cal viva, arcilla, ceniza, junto con diversos minerales durante varias semanas o meses, dependiendo del método de procesamiento.
A medida que pasa el tiempo la yema va tornándose de color marrón con tonos verdosos y el aroma recuerda al de un queso fuerte. La textura es gelatinosa, y se sirve generalmente como aperitivo.
Recibe también el nombre de "huevo preservado”, "huevo de los mil años", "huevo milenario”, y "huevo de orina de caballo”, pues se tenía la creencia de que era procesado con orina de caballo.
El método tradicional consiste en encerrar al huevo en una pasta hecha de arcilla, ceniza de árbol, cal viva y sal; estos últimos tres ingredientes ayudan a aumentar el pH y la cantidad de sodio de la mezcla. Los huevos son luego rodados en cáscaras de arroz para evitar que se peguen unos a los otros y dejados en canastas para que se preserven por algunos meses o hasta años, como antiguamente se hacía.
Se dice este platillo se originó hace seiscientos años, en Huan, por la dinastá Ming, cuando alguien encontró huevos de pato en un pequeño charco de cal con agua que fue usada para la construcción de su casa. Se piensa que era un forma de preservar los huevos para los tiempos difíciles.
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