La mañana del viernes, antes de salir camino al trabajo, le prometí a mi mujer, María, que esa noche iríamos al cine. No estábamos pasando un buen momento en la fábrica, iban a despedir a más de la mitad de los trabajadores, pero quería hacerla sentir especial otra vez, como cuando éramos jóvenes y salíamos los viernes por la noche.
Como siempre, fiché al entrar en la fábrica y me ubiqué en mi puesto de trabajo. Yo operaba una gran máquina que corta pequeñas piezas de acero. Durante toda la mañana me sentí un poco nervioso porque ese mediodía, luego de comer, nos reuniríamos con el gerente para discutir las condiciones de los despidos.
Tras una más que infructífera reunión, en la que hubo más gritos y reproches de lo necesario, volví a mi puesto con la inseguridad de no saber qué sería de nosotros. Seguí cortando pequeñas piezas de acero durante las siguientes cuatro horas.
Ya eran más de las ocho y media cuando por fin sonó el silbato. Apagué la ruidosa máquina, cogí mi abrigo y fiché mi salida. Al salir de la fábrica, como siempre, subí a mi coche y cogí la carretera secundaria para volver a casa. Llovía mucho, torrencialmente. En la carretera no había nadie. Nadie excepto yo, conduciendo en la oscuridad de la noche.
Muchos la detestan, dicen que no es segura, pero para mí esta carretera tiene algo especial. No lo sé. Quizás sean los grandes parches que cubren sus viejas heridas de guerra, las pequeñas casetas de chapa oxidada que se ven de cuando en cuando donde los granjeros guardan sus herramientas, la hierba crecida que ya nadie corta que le va ganando cada vez más terreno al asfalto, las señales descoloridas por el paso del tiempo en las que apenas se puede leer el límite de velocidad o las grandes maquinas agrícolas encargadas de llevar adelante el trabajo en las tierras que se ven a los lados. Lo cierto es que cuando conduzco por ella, siento como si viajara a otro tiempo, más inocente, donde todo era más sencillo.
Me hace sentir nostalgia, recordar mi niñez, los juegos de escondite con mis amigos de la infancia, los pasteles de manzana de mi madre, las tardes de historias con la abuela, el día en que mi padre me enseño a conducir en aquel enorme Buick de 1958, los besos con mi primera novia, las primeras citas con María, nuestras promesas de que jamás nos dejaríamos ir. En fin, cuando conduzco por ella, me siento bien.
No iría a más de ochenta kilómetros por hora cuando me topé con un accidente. La sangre y los cristales rotos cubrían el oscuro asfalto. En la banquina había un amasijo de hierro que poco antes había sido un coche. La lluvia continuaba cayendo fría e implacablemente. Miré a ambos lados de la carretera, no se veía nada excepto oscuridad. Allí no había nadie. Nadie excepto yo.
A unos cuantos metros del destrozado coche vi a un hombre tumbado en el suelo. No se movía. Me acerqué y le pregunté si necesitaba ayuda. No me contestó. Estaba muerto.
Finalmente vino una ambulancia. De ella bajaron la paramédico y el conductor, se acercaron y examinaron el cuerpo sin vida del desafortunado hombre. Tras ver que era imposible reanimarlo, cuidadosamente lo recogieron, lo subieron a la ambulancia y se marcharon sin decirme nada.
Mientras veía como las luces rojas se hacían cada vez más pequeñas y el fuerte sonido de la sirena se oía cada vez más lejano, pensaba en una novia, esposa o madre, que tarde o temprano recibiría la visita de un oficial de policía. Éste le diría si podía pasar y una vez dentro, le diría que tome asiento para darle la triste noticia de que su novio, esposo o hijo había muerto esa noche en un accidente de coche. El oficial le daría su pésame a la pobre mujer y ella debería seguir adelante con su vida.
Cuando llegué a casa, María estaba acostada en la cama en medio de la oscuridad, llorando. Parado en la puerta de nuestra habitación, la contemplé unos segundos sin saber muy bien qué hacer, luego me acosté junto a ella, la rodeé con mis brazos y le dije lo mucho que la amaba. Pero no importaba lo que le dijera o lo fuerte que la abrazase, ella no lo oía ni lo sentía, solo seguía llorando.
Rodrigo Jáuregui Ressia. 7 de Noviembre de 2013
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