Better call Saul: génesis de un mito con identidad propia


Hasta hace un par de años no imaginábamos que Vince Gilligan y Peter Gould lo harían de nuevo. Es que era difícil abstraerse y pensar que podía haber algo mejor (o tan inquietante) que las idas y vueltas de Walter White en esa calurosa y opresiva ciudad, prototipo de la clase media americana y pasto fértil para que los novatos fabriquen metanfetamina o los morochitos con cara de santos regenteen el negocio. Pero este par de creadores son tipos que manejan el pulso del guión televisivo y saben muchas cosas. Ya nos las mostraron con "Breaking bad" y, ahora, con "Better call Saul".


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Y saben tanto que no precisan repetir fórmulas: se las inventan cada vez con la misma pericia. Y saben tanto más que tienen el olfato para entender que de un buen guión, con personajes complejos, pueden salir otros tantos para próximos envíos. Este dúo Gilligan-Gould no es sólo un tándem de guionistas expertos en el lenguaje, sino que entiende del marketing de la industria televisiva como para tentarnos.


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Ni por casualidad se nos ocurriría comparar a "Better call Saul" con "Breaking bad" porque son dos cosas tan distintas (y tan posibles de encontrarse en algún giro de la narración) que pecaríamos de estructurados. Porque, verán, si bien "Better..." es un spin-off de "Breaking..." tiene vuelvo propio e intenso.


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La serie, que arrancó como "una de las más rentables de la historia del cable en Estados Unidos" (6.900.000 espectadores vieron, en pocas horas, su primer capítulo a principios de febrero) tiene más que estos numeritos para el ranking triunfador como valor sustancial.


A Saul Goodman (Bob Odenkirk) ya lo conocimos en "Breaking bad", pero en su propia serie se nos devela un mundo (su mundo) que no preveíamos. Primer logro: la originalidad de la trama. En ella nos encontramos ahora con Jimmy McGuill, un descastado que intenta sobrevivir en Nuevo México como abogado de casos menores, y con una propensión pasmosa a coquetear con el delito que le ha marcado (y le marcará) la historia.


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Hay más: una estética personalísima, que se encarna en la mugrienta facha del abogaducho en cuestión; casi podemos oler la admiración de Gilligan-Gould por Robert Rodríguez y Quentin Tarantino, para trazar westerns disimulados entre el polvo y el calor del desierto.




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